martes, 13 de junio de 2023

 Historias del tiempo y de la muerte.



LA BANDA TRANSPARENTE


Texto y fotos. Otrova Gomas.




No se como llegaron. Pero nunca olvidaré que eran dos y estaban armados. Aquella noche se me había hecho tarde, eran más de las doce y venía de una conferencia que se alargó por lo complicado del tema: “El origen de las equivocaciones”. Yo era el expositor y al final me enredé completamente y la discusión se volvió larga e insoportable. 


Cuando llegué a la esquina para buscar el auto, la soledad se me hizo atemorizante, tal vez por efecto de las luces empobrecidas cayendo sobre el asfalto destruido. Era una de esos momentos que nos hacen sentir lo solo que estamos en el mundo. 


Fue a los pocos minutos cuando escuché un ruido detrás de mí. Al voltear no había nada, seguí caminando, ya más rápido, hasta que de nuevo percibí el ruido, que esta vez pude identificar claramente como pasos. Giré la cabeza para ver de donde provenían y pude ver a dos jóvenes entre e dieciocho y veinte años, ambos armados y de aspecto poco tranquilizante; por ello, en el acto los califiqué de atracadores y preferí detenerme mientras buscaba con la mirada algún lugar que pudiese servirme de refugio. Desgraciadamente solo descubrí la desolación del sitio. Frustrado me limité a observar como se acercaban con su gesto agresivo de matones y, uno de ellos, tal vez el mayor, preguntó: 

-¿Para donde va, amigo? 

Su voz me pareció extraña. A pesar del tono pendenciero de los hampones jóvenes, me sonaba hueca, lejana y el acento tenía un jadeo nebuloso. 

-Voy para mi casa- le respondí - ya es un poco tarde.  


Como soy una persona de temperamento frío, y en realidad no pensaba ofrecer ninguna resistencia, me tranquilicé y les miré de frente. Pero esta vez fue el otro el que intervino: 

-Esto es un atraco, caballero- dijo, mientras los dos se me acercaban. 


Estando a pocos metros de distancia noté algo que me asombró de sobremanera: a través de sus cuerpos podía ver la pared del otro lado de la calle. Parecían trasparentes, pero la imagen no era clara y apenas duró cosa de segundos. 

Mis especulaciones cesaron al momento en que uno de ellos me clavó el arma en el pecho y exigió que le entregara la cartera, después la cadena, el reloj y el celular. Lo hice sin replicar, y estando más cerca les pude ver los rostros y la vestimenta. Los dos tenían un semblante desagradable y extremadamente deformado; las ropas sucias y deshilachadas daban una sensación de abandono extremo y hasta me pareció verle una herida profunda en la frente a uno de ellos. 


Pensé para mis adentros: -Deben ser de lo peor de los bajos fondos de la droga.  

Cuando tomaron mis pertenencias se rieron haciendo una rara contracción con la boca,  al tiempo que empezaron a correr alejándose del sitio. Instintivamente los seguí tratando de alcanzarlos para ver a donde se dirigían y, fue ahí cuando vi algo que nunca pude imaginar: en su carrera, los dos delincuentes se levantaban ocasionalmente del suelo y se movían en el aire como si volaran. Eran tramos cortos, pero no podía creerlo.


Me asombró más el hecho de que una vez más note cierta transparencia de sus cuerpos, pero por la manera tan acelerada de correr casi los perdí de vista, hasta que llegué a donde había dejado el auto. Intrigado entré a toda prisa y prendí el motor. Estaba decidido a seguirlos con las luces apagadas. Pensé que si eran extra terrestres, como lo imaginé, no había peligro de que trataran de robármelo, igual se podían meter en cualquiera de los vehículos aparcados a ambos lados de la vía, además que no lo necesitaban, si podían volar, el auto solo serviría para retrasarlos. 

Habrían recorrido unas tres cuadras cuando se detuvieron. Hice lo mismo, aparcando discretamente a uno de los costados; justo en ese instante llegó una camioneta muy pequeña que se detuvo frente a ellos y permitió que se metieran. Cuando arrancaron los seguí manteniendo la distancia. El vehículo dio una vuelta corta y a escasos setenta metros se detuvo nuevamente, ahora frente a tres jóvenes muy parecidos a los que me habían atracado. Se abrieron las puertas de la camioneta y también ellos la abordaron.




Arrancaron y, cuatro luces de semáforo más adelante volvieron a pararse, ahora frente a cinco muchachos, todos armados con cuchillos y pistolas y unas bolsas donde llevaban el producto de sus fechorías. Se rieron haciendo chanzas mientras se introducían en el carro; y si al principio me dio la impresión de que estaban muy apretujados, de lejos pude notar como a pesar de tanta gente las puertas se cerraban sin dificultad.


La camioneta enfiló a toda velocidad hacia la autopista obligándome a seguirlos más de cerca para no perderlos. La persecución se alargó una media hora hasta que se desviaron por la salida que lleva hacia el barrio el Cementerio. Ya con más cautela por la peligrosidad del sitio, me les alejé un poco. Fue varias cuadras más adelante cuando casi me quedo congelado: el misterioso auto se detuvo frente a una de las entradas laterales del campo santo, y al abrirse las cuatro puertas, del interior salieron volando diez jóvenes completamente trasparentes que se fueron dispersando hacia la zona de las tumbas. 


Aún bajo los efectos de aquella impresión espeluznante, confirmé que aquí el crimen no descansa ni en la tumba, o simplemente, era una banda de fantasmas capitaneada por un espiritista del régimen chavista que era el verdadero vivo.