EL PRISIONERO
De “EL
HOMBRE MAS MALO DEL MUNDO”.
Reedición
digital.
Primera
edición:1978.
Al abrir la puerta vi frente a mí a un hombre rechoncho, de tez rosada y ojos azules que me miraba con ojos de insoportable angustia.
-¡Escóndame señor! dijo al
mismo tiempo que penetraba en mi casa y cerraba la puerta apoyando contra ella
la espalda.
-¿Quién es Ud.? ¿Qué le pasa?
-Soy Samuel Foso. ¡Acabo de escaparme!, pero escúcheme no soy un delincuente común, ¡compréndame! Después de haber vivido muchos años dentro de mí mismo me he escapado y he salido corriendo ¡Usted no sabe lo que es estar allí: es una cárcel sin paredes en donde uno es su mismo carcelero! A veces creemos que hemos escapado, pero al despertar nos encontramos en el mismo sitio herméticamente encerrados en la prisión de siempre.Sus manos temblorosas se aferraron en mi camisa y, arrodillándose rompió a llorar:
-¡Protéjame, por favor! ¡No deje que me agarre!
Sentí pena por aquel hombre
desgraciado que con tanta desesperación respiraba el aire de la libertad, y en
uno de esos actos de desprendimiento que se desprenden a veces, decidí
ayudarlo.
-Está bien, escóndase bajo la
cama... O no, mejor allí –dije empujándolo apresuradamente dentro de un viejo
gabinete cuya puerta cerré con cuidado. A los pocos minutos sonó el timbre.
Abrí la puerta, y frente a mí vi a un hombre idéntico a mi protegido, rechoncho,
de tez rosada y ojos azules, que me miraba con expresión de incontrolable
angustia.
-¿Dónde está él? –preguntó,
introduciéndose en la casa con un empujón., lo he visto entrar, es inútil que
lo oculte. Soy Samuel Foso, y él se ha escapado.
Con una precisión asombrosa se
dirigió al escondite y abrió la puerta. El otro, horrorizado al verse
descubierto, gritó y comenzó a llorar cubriéndose la cara con las manos:
-¡No, no, no! ¡Déjame...
déjame!
El recién llegado, impasible,
lo tomó por un hombro y lo condujo enérgicamente hacia la puerta.
Apenas pude reaccionar me
dirigí furioso hacia la calle dispuesto a ayudar al prisionero, pero me quedé
clavado en la acera, paralizado por el estupor, al ver como a medida que se
alejaban, los dos hombres idénticos, el preso y carcelero, se iban fundiendo
paulatinamente en un solo ser.





