De “NO TE MUERAS, POR FAVOR”
HERENCIAS Y TESTAMENTOS
Texto y Foto: Otrova G.
EL HOMBRE QUE REGRESÓ DEL FRÍO
Pálido. Desencajado. Con el cuerpo en una quietud tétrica que inspiraba compasión, Vinicio Matrozzani lo observaba todo desde su antigua mecedora de lectura. Solo sus ojos, espejos rotos que mostraban el alma diluida, se movían inquietos tratando de leer el pensamiento de todo el que se le acercara. Su voz ya no sonaba como antes ni sus risas se escuchaban. Cuando lo hacía, solo balbuceaba. Eran frases breves y negativas, o pequeñas afirmaciones sin alcance. Le daba vergüenza hablar porque sabía que para los otros habitantes de su casa era un sonido pesado, una forma incómoda de molestar a la familia.
Pero aquel mutismo permanente no le aislaba de la vida. Ya no estaba enfermo. Su salud se había recuperado y, la fortaleza del cuerpo se mantenía indemne aunque su espíritu estuviera aniquilado. Hacía seis meses de los acontecimientos por los cuales - para ese instante y cada mañana al despertar- lo embargaba un terrible sentimiento de culpa, de miedo y vacilaciones. Su martirio se había desarrollado en cámara lenta. Lo ocurrido hacían dos años no era de las cosas que son frecuentes: por esos caprichos raros de los dioses, Vinicio Matrozzani era uno de los pocos seres en este mundo que se fueron a la tumba y regresaron.
Nacido en Verona en los años de las locuras de Mussolini, se había refugiado de la barbarie que controlaba a la Italia de esos tiempos. Para salvarse había huido a la América que para entonces era el sueño de muchos europeos. En el nuevo continente el veronés construyó su propio mundo. Un planeta pequeño pero grande. Por su habilidad innata, montó un negocio que colmado de conquistas y grandes triunfos habría de producirle una riqueza placentera.
Por muchos años, antes de los acontecimientos imprevistos que luego marcaron su destino, sus días trascurrían entre el trabajo, el placer de la navegación a vela y las luchas ente la familia. Esta era pequeña pero dura en extremo: su mujer, ya muerta, una siciliana de armas tomar que siempre lo mantuvo a raya y sometido, los hijos, el escaneo perfecto de la indiferencia por el amor filial. Apenas enviudó, los tres descendientes, ansiosos por adelantarse a la fortuna paterna, empezaron a trabajar con él, pero no para ayudarle en el tiempo del cansancio, sino para tener el control de sus futuras pertenencias. Solo dos de ellos eran casados, aunque todos vivían juntos con el padre en el enorme palacete que tenía en las montañas cercanas a la gran ciudad.
Entre altibajos y pequeñas complicaciones rutinarias, las cosas iban bien, hasta que en un mal momento, el Vinicio del comercio y adicto al viento de los mares y a su barco, cayó enfermo. Fue una afección pulmonar extrema que llevó a hospitalizarlo y luego a una operación complicada. Desgraciadamente, después de la intervención quirúrgica y trascurrido un mes sin que se vislumbrara una mejoría, los médicos empezaron a compartir preocupaciones; y una mañana, entre correrías en el hospital y la alegría en sordina de los hijos y las nueras, el hombre no respiró más y lo declararon muerto.
Al siguiente día vino el réquiem. No hubo velatorio sino un acelerado movimiento hacia la tumba. Siendo Vinicio Matrozzani un cristiano de convicción, luego de ciertas discrepancias, los hijos optaron por no incinerar sus restos como uno de ellos lo proponía, sino sepultarlo para engordar gusanos. A pesar de cierto recuerdo amable por el padre, la felicidad de los descendientes Matrozzani por su muerte era descarada e imprudente. Ya desde el hospital se sentían dueños del gran caudal de patrimonio que les tocaba por herencia como únicos y universales herederos. Fue tanta la codicia, que el testamento lo abrieron la misma noche de su muerte y antes del entierro. Y así satisfechos, esperaron el sepelio para empezar con el reparto codiciado.
Pero hubo un problema. Ya en el cementerio que sería la última morada de su padre, justo en el momento en que los obreros empezaban a lanzar tierra sobre la urna que habían bajada al fondo de la fosa, se sintió un ruido extraño que provenía del interior del catafalco. En el acto los presentes se dieron cuenta que eran los rasguños desesperados de las manos de Vinicio que golpeaban y raspaban la madera. El hombre estaba vivo.
La confusión se apoderó del sitio. De los presentes, unos corrieron asustados y otros no podían creer lo que ocurría, pero los sepultureros, ya indiferentes a las cosas de la muerte, sacaron la urna de donde la habían introducido y la abrieron con cuidado. Al hacerlo, frente a ellos estaba Vinicio Matrozzani con su mortaja puesta y mirando hacia todos lados. Les sonrió, pero, al ver la cara de sus hijos y las yernas, en el acto cambió el gesto sabiendo que su regreso a la vida como que había sido una imprudencia.
Lo ocurrido fue explicado por los médicos. Era un caso de catalepsia prolongada. Su rigidez corporal, la falta de respuesta a estímulos, la respiración y el pulso demasiado lentos para ser detectados, aunado a la palidez de la piel y el cuadro de gravedad que le habían detectado, les hizo pensar que el paciente había fallecido.
Pero la alegría por aquel error no fue compartida por los herederos, que, para su pesar ahora y antes de recibirlo, deberían regresarle al padre la totalidad de lo que pensaron que ya era de ellos. Al destruirse la partida de defunción que se había levantado, este volvería a posesionarse legalmente de la fortuna que ya ellos habían contabilizado como propia. Una vez más tendrían que empezar la larga espera, esta vez para que se las regresara.
Todo volvió a ser como antes, pero desde ese infausto día el viejo ya no volvió al trabajo y quedó traumatizado. Primero, por el pánico de saber que si la situación se repetía, seguro que esta vez sería incinerado, y en especial, por la sensación de culpa por estar vivo que siempre le había incrustado la esposa siciliana. Sabía que si ella estuviese viva, sin el menor disimulo y apoyada por los hijos, le habría dicho que su regreso no era bienvenido y debería volverse a morir lo más pronto posible ese mismo año, o corría el riesgo de que ella misma lo matara.