ENTREVISTA A BEN AMI
FIHMAN
Por Jaime Ballestas
Ben Ami Fihman, es de las pocas personas que se reconocen a cien metros de distancia. Alto y corpulento, siempre lo delatan la sombra de un proyecto, tres agregados de su atuendo y los fantasmas de su mundo sibarita. De la vestimenta resaltan el sombrero Panamá, que protege su calvicie en permanente estado prematuro, la bufanda roja, que es el hilo del destino, y su bastón de alcurnia, que lo sostiene firme en los pasos por la ruta de la vida.
Su currículum se registra en letras elegantes: escritor de casta, periodista y columnista veterano, diplomático circunstancial, a la vez que promotor de revistas y espectáculos culturales y catador de vinos y fogones cinco estrellas. Entre sus privilegios está el de ser amigo de importantes figuras de las letras y la alta culinaria. Todo un personaje que siempre paseó su figura por los rincones más ocultos de la literatura y de las artes. Entre sus obras destacan: Mi nombre Rufo Galo, Las voces de Orfeo, Los Recursos del Limbo, Los cuadernos de la Gula, Boca hay una sola, El Espejo Siamés, Segunda Mano, y Caza Mayor, esta, su última obra, en donde, con un estilo original, integra las entrevistas que le hiciera a Jorge Luis Borges, a Emil Ciorian y a Bashevis Singer, con una especie de auto biografía trágica de su vida en los tiempos del sufrimiento y el control de una enfermedad a la que varias veces ha sobrevivido.
Lo conocí hace muchos años en la vieja Venezuela, aquella de los cantos alegres, la del consumismo generoso, del dame dos y las agradables lluvias de petróleo, país en expectativa de crecimiento y desarrollo, que por obra y gracia de un comandante enloquecido pasó a ser el campeón olímpico del sub desarrollo, de las carencias, de las migraciones, la inflación y la destrucción de sus industrias, al mismo tiempo que volatizó los valores, la familia y su cultura. La tarde en que nos encontramos por primera vez, me pidió que colaborara en la revista Exceso, una publicación que dirigía y había fundado en 1989, verdadera revolución del género, en la que se describían de una manera completamente diferentes los problemas de aquella sociedad hirviente y complicada. Me entusiasmé porque era lector continuo de sus revelaciones y, le ofrecí una columna humorística que mostraría el pensamiento de la ideología de derecha, bromeando con artículos sobre las posiciones conservadoras, desde el fascismo demencial hasta las formas del egoísmo más elemental de dicho pensamiento. De esos artículos habría de surgir más tarde mi libro: Manual para Reaccionarios, breviario sagrado para los devotos de la perfidia.
Hoy, muchas lunas
después, en ejercicio ilegítimo del periodismo, algo que solo hice una vez en
una envista a mí mismo, me aventuro a formularle estas preguntas a un amigo con
el cual tuve el placer de disfrutar muchas veces en Venezuela y muchos lugares
de Europa y Estados Unidos. No se trata de un interrogatorio criminal como se
estila en los bajos fondos de la prensa, apenas son preguntas, de esas que
siempre se nos ocurren a los escritores cuando estamos desocupados.
P: - Ben, podrías decirme ¿Como manejas esa adicción a la
escritura, que te ha llevado, no solo a publicar tantos libros y columnas de
prensa y además, sobre tan distintos temas? En otras palabras, a la manera en
que te surgen las ideas, así como la forma en que planificas y procesas tu
mundo creativo.
R. Permiteme dar un
respingo ante esa supuesta “adicción a la escritura” porque suena a diagnóstico
y ese es un mal del que por suerte no padezco y para escribir necesito de mi escritoiro
de costumbre y de de una computadora. No puedo sentarme a escribir a lápiz en
un café, cosa que solían hacer muchos poetas parisinos o madrileños en el siglo
pasado. Tampoco en una biblioteca pública. Es cierto que ese mal, llamado
grafomanía, existe y afecta a numerosos escitores, algunos de genio aplastante:
Víctor Hugo o Jean-Paul Sartre, por ejemplo. Me parece que hay casos elocuentes
en Venezuela. A Luis Britto García no lo han sometido a tratamiento pero desde
hace años hubieran podido darle electro-shocks para controlar su producción
inagotable. En mi libro más reciente cito a Emmanuel Berl un pensador y
novelista fancés que decía escribir para saber lo que pensaba. También trato a
Borges que como poeta le atribuía sus mejores versos a la providencia y a
Cioran atormentado por la resistencia que le oponía la palabra a sus ideas y
sensaciones o martirizado por la obsesión de la perfección del estilo (en su
caso en una lengua ajena adoprada), como Pascal que, dice en nuestra entrevista,
llegó a reescribir diecisiete veces uno de sus libros más importantes. Yo sufro
antes de escribir pensando en lo arduo que es dar con la expresión feliz de una
fantasía, un sentimiento o un recuerdo, anticipando lo duro que es doblegar el
idioma, el verbo, la sintaxis y someterlos a nuestra más mínima ambición
literaria. Pero hay otro tipo de “escribidor”, ese cuyo talento es forzado por
la necesidad de vivir del oficio. Es el caso de Isaac Bashevis Singer, el
último caso del que me ocupo en Caza
Mayor, autor yidish, cuentista importante y premio Nobel (aunque haya
escrito en un idioma moribundo). Pasó toda su vida escriiendo para la prensa -
modesta, humildísimamente- durante años y bien remunerado cuando por fin se
hizo de un público universal a partir de que fuera traducidido al inglés y
admirado por notables colegas de la talla de Saul Bellow y Henry Miller. Ese
molde es el que me conviene, según lo experimenté durante siete años con Los cuadernos de la gula, una simple columna
gastronómica semanal que me hizo popular en Venezuela.
P: -En estos
momentos en que apenas acabas de publicar Caza Mayor, un libro único y
extenso, con sus 381, ¿Te estas tomando un reposo, o ya empezaste a escribir algo
nuevo?
R.- Me toca empezar el
año con el borrador de una novela corta que dejé listo, aunque lado y sin
pulir, cuando me embarqué en Caza Mayor,
que me urgía no postegar. E hice bien. Lleva por título privisional La duela y cierra una trilogía que
comprende El espejo siamés y Segunda mano, publicadas esta última
década. Caza Mayor, que bauticé en el
Café Comercial, uno de los más presitgiosos y viejos cónclaves o reunideros
literarios de Madrid, fue editado por el sello Demipage y ha corrido con buena
suerte, tal vez gracias a la foto de Jesse Farnández de su muy aforunada
carátula. Me consta que ocupó un lugar destacado en muchas librerías prestigiosas
de España. Pero esos 381 folios eran una deuda con el pasado y mucha gente que
desfila por sus tres largos capítulos.
P: - En ese libro,
me llamó mucho la atención tu amistad con Ciorian, y cierta benevolencia de tu
parte hacia su persona. Quisiera que me despejes una incógnita que me surgió cuando
me dijiste, que no estabas de acuerdo con lo que yo señalaba sobre su pesimismo
extremo en mi obra Veinte filósofos y su idea de la muerte, me refiero,
al tono terrible que le da a la vida, un pesimismo extremo que nunca había
visto en un pensador considerado filósofo, aunque él no creía que lo era.
R.- Es cierto que no se
consideraba filósofo sino más bien escritor. El francés que escribe Cioran suscita
una admiración casi unánime a orillas del Sena. Menos consenso existe entre los
filósofos, es cierto, y sobre todo a nivel académico. En Cioran hay algo de
moralista ilustrado, en la tradición gala, parece un moralista del siglo XVIII
extraviado en el París existencialista y algo de peripaético peatón
presocrático griego o estoico romano abrumado por el tráfico automotor y la
contaminación de la Ciidad Luz contemporánea. Pero creo que si bien el tono del
Cioran malhumorado, huérfano del monoteísmo occidental puede confundir, hay en
el tono asumido una enegía singular capaz de soliviantar al lector más atento. La
furia del rumano que escribe esta más cerca del ánimo combativo del gladiador que
del abandono del monje budista. Hay cierto misticismo de la Nada en Cioran, una
fuerte tentación que lo lleva a jugar con la idea del suicidio -y a desecharla
por escepticismo-, así como un temblor emotivo ante la música de Mozart y Bach,
que están del lado de la vida, de una experiencia sobrenatural del ser. Ese que
hubiera preferido no haber sido. No haber nacido.
P: - Siendo su
amigo podrías decirnos ¿Era una persona sociable, o un ermitaño con desinterés total
por la vida? De él solo leí tres libros: El Ocaso del pensamiento, Breviario
de la Podredumbre y Del inconveniente de haber nacido, y por lo que se
desprende de ellos, debió haberse suicidado y abandonar rápido el lugar terreno,
como en cierta forma lo recomendaba. Curiosamente murió de Alzheimer, lo cual
confirma una vez más mi hipótesis de que esa enfermedad atrapa a los que
quieren olvidar todo de la vida. Conozco ya muchos casos, pero él se la aguantó
hasta los ochenta y cuatro años.
R.- El ser humano que
yo conocí era cálido, atento y en la conversación podía deslizarse hacia el
humor, de lo que queda prueba en la entrevista que le hice en 1979 y que,
habiendo tenido bastante impacto en Suramérica a la sazón, se publica por
primera vez íntegramante en este libro que acaba de llegar esta semana a Miami
donde residen tantos venezolanos. Pero es verdad que Cioran estuvo, sí, tentado
en serio por los extremos de la desesperanza y de ello dejó registro íntimo en
un libro póstumo, El cuaderno de
Salamanca.
P: - Siguiendo en Caza
Mayor, y como alguna vez te lo comentaba, veo que en esta obra y
otros de tus escritos le das una gran importancia a las personas, sea citándolas
por anécdotas o calificándolas. Al ser tantos, uno se pregunta ¿Mantienes
relación con todos ellos? Por lo menos
nosotros nos vemos una o dos veces al año, y cruzamos mensajes con cierta
frecuencia, pero con tanta gente debes estar muy ocupado en reuniones o
escribiendo cartas.
R.- Verlaine decía, en
realación a la poesía: La musique avant
toute chose. Cito de memoria. Yo diría que para la narrativa: la anécdota
antes que nada. Es verdad que los encuetros, y hasta los tropiezos, cuentan,
contaron mucho para mí a lo largo de toda la vida. Testimonio de ello, Caza Mayor, que es un intento de
nigromancia, exitoso cuando me suena la flauta y se refleja hipostasiado en la
página el producto del conjuro. Soy todos esos encuentros con seres fuera de
serie y no considero despilfarro el tiempo que les dediqué. Al contrario, soy un
producto derivado de esos intercambios, casi tanto como de mis progenitores.
También yo he sido, a mi manera, “otro vago más”, con inclinación al ocio, otro
de los tantos que pueblan este planeta.
P: - En el libro
dices y se sabe que amas mucho a Francia, ¿Te nacionalizaste, y ya eres súbdito
de la memoria de Luis XIV y conciudadano de Macrón, o sigues fiel a tu vieja
patria?
R.- Sigo seindo
caraqueño, extrañado de Altamira y del edificio Karam de la avenida Urdaneta,
pero con raíces duraderas en el Cementerio General del Sur. Sin embargo, al cabo
de quince años radicado en París y a falta de pasaporte vigente pese a mis
esfuerzos por conseguirlo, opté por solicitar la nacionalidad francesa durante
la reciente pandemia y me honra haberla obtenido mucho más rápido que el nuevo
pasaporte venezolano. Puede decirse, luego, que hoy en día soy caraqueño
sepultado y parisino en la calle Ahora con pasaporte venezolano por estrenar
espero ir este año a visitar a mis abuelos, a mis padres y a mi hermano que
siguen allá después de muertos.
P: - Cuando vivías en Venezuela, tu
inquietud cultural te llevó a organizar varios espectáculos, de los cuales recuerdo,
no solo las revistas y la teatral de tono bohemio, sino una que me impresionó
mucho, me refiero a la exposición de los reyes africanos, de los cuales había
visto dos o tres. Variantes de ese tipo de trabajo lo hiciste en Colombia como
agregado a la Embajada de Venezuela, y creo que algo semejante ocurrió en
Paris. Ello me lleva a preguntarte ¿Qué
pasó con esa intranquilidad creativa? ¿Se te apaciguó el interés, o estas
cocinando algo?
R.- Fui consejero
cultural de la embajada de Venezuela en Colombia y era mi deber, a cambio de un
generoso salario en dólares, crear la ilusión de una “ofensiva cutural”
venezolana, como calificó El Tiempo en
un editorial la avalancha de exposiciones, refráctales y estrenos
cinematográficos que organicé desde aquel cargo burocrático Pero mi mayor
motivo de orgullo al día de hoy es que el mismo diario distinguiera los
cocteles del Centro Venezolano de Cultura que yo dirigía como los mejores del
mundo diplomático bogotano de esos años. Demás está decir que el actual régimen
no ha pensado en mi para repetir la hazaña en el París del sigo XXI.
P: - Como muchos
venezolanos, entre los que me encuentro, vives desde hace años en Paris, pero creo
que, como todos, desde diferentes sitios seguimos conectados a nuestro pasado,
de allí surgen dos preguntas: ¿Cómo ves a la Venezuela actual y su futuro? y
¿En tus planes y los de María Sol no figura un eventual regreso a la vieja patria
si hubiese una recuperación en serio, o con la aceptación a vivir en una de sus
burbujas?
R.-Desconfío de las
burbujas sociales, siempre suceptibles a un alfilerazo, aunque sea aficiondo
incondicional al champagne, producto vernáculo de mi nuevo país. En cuanto a
cambios, para ruinas, prefiero pasearme por las de Roma o las de Ankor Vat.
Añoro, eso sí, mi vida en la Caracas del siglo XX, incluidas verrugas,
monstruosidades y carencias Y sobre todo, una cantidad de personas
desaparecidas que el presente ha borrado, cuando no lo merecían, de la memoria
colectiva: de Pedro León Zapata a Francisco Herrera Luque y al recientemente
fallecido Alí Khan.
P: - En los escritores de muchas obras por lo general
siempre hay una actitud particular sobre sus libros. De los tuyos ¿Cuál es el
favorito y a cuál no le tienes mucho apego?
R.- 1) Un cuento, mi
primer cuento, La venganza, publicado
en Imagen en 1968 y traducido en el Tages Anzeiger de Zurich en 1971. Creí
entonces que iba a ser un buen escitor.2) Las voces de Orfeo, una hermosa edición,
unos textos abortados (que a lo mejor tengo todavía tiempo de retomar).
P: - Literatura
aparte y siendo tu un experto ¿Cuál es la situación de la cocina francesa
actual ante la avalancha de chefs españoles acumulando estrellas?
R.- Como en el imperio
romano la de la filosofía griega. No por nada Marco Aurelio pergeñó sus
meditaciones en griego.
P: - Para
finalizar, ¿Podrías recomendar a tus amigos escritores y gente amante de los
vinos, tres tintos y un blanco, no franceses y a precios módicos?
R.- La globalización lo
pone difícil. Hasta hace pocos años te habría dicho el Castillo de Ygay del
Marqués de Murrieta, pero el Wine
Spectator ha hecho de las suyas promoviéndolo y el precio está ahora por
las nubes. Es mi tinto español preferido. Creo que el precio del fino Tío Pepe
sigue siendo justo. En Portugal hay, fuera del oporto y el vinho verde, muchos
vinos bien hechos, tanto tintos como blancos, que todavía se consiguen a precios
accesibles y en buen estado, en Casa Oliveira, creo. De Chile, el pinot noir
Montsecano, que se impora en París y que le di a probar a Isabelle Huppert, me
encanta. Casillero del Diablo de Concha y Toro es siempre un recurso confiable
en el Polo Norte, las llanuras de Marte, el Gulag o las riberas del Guaire. Argentina
ha dado un gran salto adelante en este milenio, pero se han desbocado en los
precios. Recuerdos buenos tengo de Las Hormigas. También de otro tinto
argentino, pero muy caro, que llevó a la cima y al recnocimiento internacional
la venezolana Margareth Henriquez: Cheval des Andes.


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