lunes, 9 de febrero de 2026

 

 

 



MI PERSONAJE INOLVIDABLE



De “EL HOMBRE MAS MALO DEL MUNDO”.

Reedición digital.

Primera edición:1978.

Ilustraciones: Luis Dominguez Salazar.


Blanca y esbelta. Madura sin dejar de tener el candor que le acompañó desde mi adolescencia, conocí a mi personaje inolvidable el día en que partió mi padre. Seductora e irresistible, de dientes blancos y ojos ambiguos de un negro profundo, al verla por vez primera dejó en mis quince años ese temor de ser suyo que despertaba en toda su única presencia.

Con su rostro coqueto, de mirada fija y la sonrisa que reflejaba un increíble dominio de sí misma, pasó a mi lado dejando atrás la compulsión incontrolable de su extraño perfume mezcla de todas las flores de aquella mañana. Y yo, sintiendo en mis entrañas la sensación de incertidumbre que producen en un niño mujeres como ella, apenas si me atreví a mirarla en el silencio de mi angustia.

Después de aquel primer encuentro volví a ver a mi personaje inolvidable en algunas tardes trágicas en que ninguno de los dos se atrevió a acercarse al otro. La timidez de mis años mozos o tal vez la indiferencia que yo le producía entonces impidió que algo naciera entre nosotros. Una noche, muy fugazmente y bajo las sombras la vi tan cerca de mí, que casi la poseo en un ataque de locura que habría sido el final de todo, pero su naturaleza de mujer consciente supo evitarme a tiempo. Me rechazó con esa delicadeza que siempre tuvo y ni besarle pude dejándome sumido en una dolorosa herida.    Desde entonces quedé más apegado que nunca a su recuerdo. Exhalación de mujer que me marcó con tan profunda huella, no sé si por la solemnidad de su imperecedera esencia o el temor de mi acongojado espíritu. Después dejé de verla. Pasó mucho tiempo sin que su sonrisa de raro encanto apareciera en el loco aventurar de mi naciente historia. Sólo que en algunas noches horribles   de   mi   mayor tormento la vi entre sueños, acariciando mi cuerpo todo ydándome el beso que jamás me había brindado. Confieso que la llamé muchas veces. Y en el horrible padecer de mis peores horas, sabía que ella, sólo ella, siempre blanca y pura, tranquila y con sus manos de mujer experta podría darme el alivio que en el lecho no pudieron otras. Aún cuando no la tuve nunca, nunca dejó de ser mi compañera.

 Fui siempre admirador de todos sus retratos. Los observaba para verla mejor en todos sus detalles, aprendiéndome las líneas de su cuerpo para no sorprenderme tanto el día del reencuentro. Debo decir que en todos reflejaba siempre ese aire de única altivez y femenina excelencia tan difícil de encontrar en este mundo. Algo aparte ha sido su amor por mi persona. Un aprecio, confieso que aún no lo ha mostrado, pero estoy seguro de que es amor y no es hoja que el viento se ha llevado.

Está presente y ni el devenir de las cosas ni el variar de las circunstancias le hará perder ni el más mínimo recodo. Transcurrirán los años. Muchos veranos y gélidos inviernos, pero con su paso más aún ella me querrá y nada cambiará ni un ápice el firme e inconmovible cuanto más justo deseo que me tiene, porque ella, mi personaje inolvidable, se me había olvidado decirles señores que es la muerte.

 



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