AMOR, AMOR
Reedición
digital.
Primera
edición:1978.
Edición
den papel de aluminio: 2023
Ilustración:
Luis Dominguez Salazar.
El bombillo de Argo, el
robot, se encendió varias veces antes de tomar la intermitencia característica
del estado de disgusto en las máquinas de su tipo.
Miró el reloj isotónico del Instituto de Cronometría y maldijo la segunda ley de la robótica que le obligaba a obedecer las órdenes humanas. Esta vez eran el capricho de Luisa, una joven humana que se había enamorado de él. El reloj marcaba las 5.34 cuando con treinta minutos de retardo se apareció la hermosa muchacha después de descender del cohete-bus.
-¿Te he hecho esperar mucho, querido? - dijo, alisándose con coquetería el pequeño traje de polímeros.
Argo asintió, y tomando el brazo de Luisa con su tenaza, preguntó:
-¿A dónde vamos?
- Vamos al cine-concentrado.
Me encantan esas funciones de cien películas en una hora. Es maravilloso como
se logra quitar todo lo innecesario de un buen film, dijo, mirando al ojo foto
eléctrico de su amado.
- El robot objetó:
realmente no me divierte. El cine es una serie de planteamientos de problemas
que tienden a resultados que par mí no tienen ninguna novedad. Mi trabajo de
todos los días es dar resultados para los infinitos planteamientos que me hacen
los diez mil departamentos de una sección de análisis.
- Está bien, vamos al
parque U3, me gusta ver el museo de árboles que poblaban antes la tierra.
- De nuevo Argo pensó en
hacer una objeción, pero prefirió callar.
Millares de personas
iban todos los días al parque U3, en
donde se conservaba el único árbol que quedaba en el planeta. Una vez allí,
Luisa se apretó a la placa de titanio
derecha de la máquina pensante, y sin quererlo, sus aretes produjeron un ruido
metálico desagradable por ser de dos elementos de distinto peso molecular.
Instintivamente el robot
se puso a calcular las relaciones entre
sonido producido y la propagación transversal de las ondas intermedias y por divertirse le sacó la raíz cúbica.
Segundos después dijo: -34.9 en trs cargas al vacío sin contar la fase media.
Luisa no se extraño,
acostumbrada como estaba a aquellos monólogos incomprensibles de su amado;
carente de una sólida preparación matemática, jamás comentaba nada los sonidos vocales
de aquél inmenso laboratorio de cálculos puros.
- No me has dicho nada
de mi vestido- dijo ella, por decir algo.
- Luisa, sabes que no
estoy capacitado para hacer apreciaciones estéticas, son inútiles y sin sentido
- ¿Para que me las exiges?
- Para disimular, Luisa
jugueteó amorosamente con el botón acelerador de programas de la máquina.
- A veces creo que te
fastidio -, dijo finalmente, quejosa.
- El fastidio es falta
de ocupación- contestó el robot- es lógico que si no estoy trabajando me
fastidie. Tú lo sabes muy bien. Además, hay robots especialmente diseñados para
divertirse y bien podrías buscarte otro.
Su sentencia fue directa
y dura, como era lo normal en este tipo de calculadoras andantes.
- Hace bonito sol,
¿Verdad? –preguntó Luisa para disimular.
- Es una lastima que no
puedas apreciar los rayos ultravioletas y los gamma I y IV, así no tendrías que conformarte con
esos pobres rayos de luz ordinaria.
- Luis cayó y lo miró
molesta. Finalmente lo miró fijamente en su único ojo fotoeléctrico azul
celeste, y preguntó sin énfasis:
- Dime Argo, ¿Por qué te
quiero tanto?
- El robot, que sabía
que aquello era un simple desequilibrio hormonal, guardó silencio. Recomendarle
hormonas neutralizadas en aquel momento habría sido el comienzo de una escena.
- Tú no me quieres,
¿Verdad? – siguió molestando Luisa.
- Esa es una apreciación
subjetiva, no te puedo contestar porque yo solo hago apreciaciones objetivas,
Luisa.
- El ordenador humanoide
miró impasible como la muchacha empezaba a llorar.
- ¡No vas a decir nada!
– gritó - ¿No ves que lloro porque no me quieres?
- La tenaza de Argo
tomó un pañuelo del bolso de Luisa y se
lo colocó en la nariz.
–Suénate-
dijo, mientras calculaba la cantidad de lágrimas necesarias para
abastecer de agua a los barrios bajos de la capital. –un millón de adolescentes
y tres millones de solitarias en edad pre menopausica - dijo al final
solemnemente. Luisa no comprendió el significado, pero prefirió pensar que era
otro de sus cálculos.
- Tu te has cansado de
mí, si estás cansado de mí- dijo
mientras se sonaba las narices.
- Tú bien sabes que yo
no me puedo cansar de nada. La gente se cansa cuando consigue algo que no
tenía. Yo no tengo necesidades, luego no me canso.
- ¡Buuuuaaaa! – rompió
Luisa en llanto desesperado.
- Si sigues con escenas
me pongo a calcular el número de nebulosas existentes- amenazó Argo.
- Está bien, perdona-
dijo ella aún lagrimeando, vamos, quiero comprarte una colonia de regalo, la
próxima semana hace once años que saliste de la fábrica de robots.
- No puedo usarla, sabes
que me oxida el mecanismo- rechazó el armatoste de titanio y chips, al mismo
tiempo que se paraba del banco.
Luisa gimoteando y
haciendo carota lo siguió. La brisa
susurraba en los árboles plásticos mientras a lo lejos, el sol sintético de la
tierra se ponía a medida en que lo iban encerrando en su inmensa bóveda de
plutonio.

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