domingo, 25 de enero de 2026

 



                                            

 

    

CAYETANO ARISTE


 De “EL HOMBRE MAS MALO DEL MUNDO”.

Reedición digital.

Primera edición:1978.

Edición en papel de aluminio: 2023

Ilustración: Luis Dominguez Salazar

 

Cayetano Ariste fue un caso único en los anales de la patria. Enemigo a muerte de la prostituida democracia, llegó desde muy joven al absoluto convencimiento de que nadie le representada realmente en los múltiples actos públicos en que sus intereses estaban en juego.

Tan desconfiada, aún cuando razonable actitud, llevó a poseerlo de una consecuente exigencia de suscribir personalmente todo documento de importancia nacional, a fin de manifestar con su firma, y en lo que a él le concernía, el apoyo de su indelegable voluntad a los actos que pretendían hacerse en beneficio de los intereses colectivos.

Durante casi 70 años en el transcurrir de su-para-muchos-absurda existencia, se pasó firmando los documentos más insólitos. Desde las leyes, en las que al lado del ejecútese firmado por el Presidente de la República estampaba su rúbrica cuando estaba de acuerdo con el contenido y letra, hasta la más insignificante ordenanza de reparación de una perdida calle en su ciudad natal.

Idéntico trato tuvieron los pactos internacionales de la nación, las resoluciones ministeriales, los cuerdos de duelo del congreso o las más absurdas órdenes de ejecución delegada, sin dejar de pasar por todos los tratados, los consentimientos y dictámenes de la más variada naturaleza.

A pesar de su poco holgada posición económica, el transcurrir de sus días fue un permanente traslado de uno a otro despacho público en los que solicitaba ver los documentos originales emanados de los autodenominados representantes de la voluntad popular. Después de leerlos con detenimiento estampaba su firma dando su apoyo o absteniéndose de firmarlos señalando las observaciones pertinentes.

Su delgada figura de letrado, con la ropa raída de limpieza impecable, despreciada en los primeros tiempos por los archiveros y secretarios de la más variada índole, con el transcurrir de los años fue tornándose tan corriente en las oficinas del gobierno, que con su sola presencia se acumulaban en las taquillas y mesas de los archivos centenares de legajos que esperaban su minucioso examen.

En algunos despachos, para aligerar la labor administrativa, se comisionaron empleados exclusivamente dedicados a darle a firmar documentos y a hacerle las aclaratorias y explicaciones que pedía siempre con la misma desconfianza de todos los funcionarios de gobierno. De más está decir, que fracasaron inútilmente todos los intentos de sobornar su parecer.

¡Ay de la preocupación de muchos ministros cuando Cayetano Ariste no les refrendaba un documento! Fue más de uno el que tuvo que renunciar al gabinete lo mismo que centenares de subalternos de toda categoría, porque la honesta posición ciudadana del extraño personaje y su sapiencia descomunal de los vericuetos de la cosa pública, se volvieron sello de garantía de la justeza del acto. Era vox pópuli y comentario general el rechazo que la hacía Cayetano a cualquier documento, y hasta en los millares de billetes que circulaban en la calle, la gente desconfiaba si no veía su popular firma garantizando el respaldo en oro del papel moneda, porque sólo él se tomaba la molestia de ir temprano cada mañana a las arcas del banco emisor para contar los lingotes.

Fue una vida de dura dedicación a los intereses colectivos aún cuando todo lo hizo por su egoísta desconfianza de la capacidad y honradez administrativa de los gobernantes de turno.

De Cayetano Ariste se dice que murió a los 90 años. Pero nunca el pueblo lo creyó, porque la partida de defunción, que emitió un oscuro jefe civil de no me acuerdo que parroquia, jamás fue firmada por el occiso, lo que se había vuelto con el devenir del tiempo en la única prueba de veracidad.

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