Reedición
digital.
Primera
edición:1978.
Edición
en papel de aluminio: 2023
Cayetano Ariste fue un caso
único en los anales de la patria. Enemigo a muerte de la prostituida
democracia, llegó desde muy joven al absoluto convencimiento de que nadie le
representada realmente en los múltiples actos públicos en que sus intereses
estaban en juego.
Tan desconfiada, aún cuando
razonable actitud, llevó a poseerlo de una consecuente exigencia de suscribir
personalmente todo documento de importancia nacional, a fin de manifestar con
su firma, y en lo que a él le concernía, el apoyo de su indelegable voluntad a
los actos que pretendían hacerse en beneficio de los intereses colectivos.
Durante casi 70 años en el
transcurrir de su-para-muchos-absurda existencia, se pasó firmando los
documentos más insólitos. Desde las leyes, en las que al lado del ejecútese
firmado por el Presidente de la República estampaba su rúbrica cuando estaba de
acuerdo con el contenido y letra, hasta la más insignificante ordenanza de
reparación de una perdida calle en su ciudad natal.
Idéntico trato tuvieron los
pactos internacionales de la nación, las resoluciones ministeriales, los
cuerdos de duelo del congreso o las más absurdas órdenes de ejecución delegada,
sin dejar de pasar por todos los tratados, los consentimientos y dictámenes de
la más variada naturaleza.
A pesar de su poco holgada
posición económica, el transcurrir de sus días fue un permanente traslado de
uno a otro despacho público en los que solicitaba ver los documentos originales
emanados de los autodenominados representantes de la voluntad popular. Después
de leerlos con detenimiento estampaba su firma dando su apoyo o absteniéndose
de firmarlos señalando las observaciones pertinentes.
Su delgada figura de letrado,
con la ropa raída de limpieza impecable, despreciada en los primeros tiempos
por los archiveros y secretarios de la más variada índole, con el transcurrir
de los años fue tornándose tan corriente en las oficinas del gobierno, que con
su sola presencia se acumulaban en las taquillas y mesas de los archivos
centenares de legajos que esperaban su minucioso examen.
En algunos despachos, para
aligerar la labor administrativa, se comisionaron empleados exclusivamente
dedicados a darle a firmar documentos y a hacerle las aclaratorias y
explicaciones que pedía siempre con la misma desconfianza de todos los
funcionarios de gobierno. De más está decir, que fracasaron inútilmente todos
los intentos de sobornar su parecer.
¡Ay de la preocupación de
muchos ministros cuando Cayetano Ariste no les refrendaba un documento! Fue más
de uno el que tuvo que renunciar al gabinete lo mismo que centenares de
subalternos de toda categoría, porque la honesta posición ciudadana del extraño
personaje y su sapiencia descomunal de los vericuetos de la cosa pública, se
volvieron sello de garantía de la justeza del acto. Era vox pópuli y comentario
general el rechazo que la hacía Cayetano a cualquier documento, y hasta en los
millares de billetes que circulaban en la calle, la gente desconfiaba si no
veía su popular firma garantizando el respaldo en oro del papel moneda, porque
sólo él se tomaba la molestia de ir temprano cada mañana a las arcas del banco
emisor para contar los lingotes.
Fue una vida de dura
dedicación a los intereses colectivos aún cuando todo lo hizo por su egoísta
desconfianza de la capacidad y honradez administrativa de los gobernantes de
turno.
De Cayetano Ariste se dice que
murió a los 90 años. Pero nunca el pueblo lo creyó, porque la partida de
defunción, que emitió un oscuro jefe civil de no me acuerdo que parroquia,
jamás fue firmada por el occiso, lo que se había vuelto con el devenir del tiempo
en la única prueba de veracidad.

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